Nuestras dificultades con el Juego, que es el lenguaje del niño

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La primera observación que hay que hacer es que todos los niño juegan, todos los días, el lenguaje del niño es el juego, ese es su modo de comunicación.
A los adultos no nos surgen iniciativas, ganas de jugar con el niño, porque hemos sido formado en la represión del juego.

Todos los adultos que juegan de forma espontánea con los niños, me dicen lo mismo, los niños están desesperados por un adulto que juegue con ellos.

Hay en caso que incluso quieren desplazar al hijo de esa persona, que ese adulto sea para ellos, echando de alguna manera al hijo. Muchas veces nos hemos encontrado diciendo “Para, yo soy el papá de él, no lo puedes echar”.

Todos los adultos fuimos formados en la represión del juego, por eso nos cuesta tener un juego espontaneo con nuestros hijos.

Es decir si el juego solo es a demanda de nuestros hijos, para “no intervenir” con nuestras iniciativas sino nos piden, deja de ser espontaneo.

Muchos sienten que se reprimen evitando iniciar un juego para “no intervenir” porque creen que si lo hacen le harán daño a su hijo. Otros a causa de la represión del juego en la que fuimos criados, como: “deja de jugar y ve a hacer tus deberes, no pierdas el tiempo, etc.”, nos han quitado las ganas de tener iniciativas de jugar con los niños, y solo lo hacemos a demanda sin muchas gusto, queriendo dejar de hacerlo.

Las dificultades del juego no está en el protagonismo, esto es como en el teatro, un rato se expresa uno y luego el otro, el problema es:
cuando el adulto no le deja espacio de expresión y creatividad al niño, rompiendo la dinámica del juego, deja de haber comunicación y admiración hacia el niño, deja de disfrutar de las expresiones de su hijo, solo está centrado en él, y se olvida del niño.
Luego esto también se traslada entre niños produciendo conflictos, porque la motivación del juego ya no está en disfrutarse unos a otros, sino en anular el espacio del otro, pasando a competir contra el otro.

El adulto en lugar de centrarse en la relación con el niño, pasa a centrase en la autonomía del niño. Cuando la autonomía es sola una consecuencia de la sana dependencia que permite la relación afectiva. Pero los adultos no podemos casi sentir que somos relación afectiva, porque fuimos criados en hacernos a nosotros mismos para no molestar a papá y a mamá. Nos dijeron ¡Ve a jugar solo, no ves que yo tengo que trabajar! Es decir debimos aprender por opresión y obligación a no necesitar de nuestros padre, a apañarnos solos, y a tener poca relación con ellos.

En cambio los indígenas maternales, hacen todas sus cosas cotidianas de forma lúdica, no separan el trabajo del juego. De este modo el niño está realmente incorporado a la vida de los adultos, porque están utilizando el lenguaje del niño, que es el juego. Así no es necesario poner límites, porque se entienden mutuamente. Como en la tribu Yequana de la selva Venezolana que describe Jean Liedloff, dice que los niños no se pelean, que los hermanos no tienen celos. Que nunca vio ni pelear, ni pegar, ni gritar, ni si quiera discutir, niño con niño ni adulto con niño, y que los indígenas adultos tampoco se pelean. Es una cultura muy distinta a la nuestra, nosotros creamos una sociedad antisocial.

Otra dificultades es que si el adulto hace una propuesta que no es motivadora para el niño, ni siquiera los adulto queremos seguir la propuesta de alguien que no es atractivo, nos desmotiva, cómo va a desear comunicarse el niño con nosotros, va a buscar una alternativa más atractiva.

Para no olvidarse de centrarse en la relación, hay que saber como históricamente nos fuimos centrando en la competencia, en anular el espacio de expresión del otro. Porque sino no estamos jugando con el niño, no nos estamos comunicando con él.
Ayudarnos entre todos a detectar esto, en lugar de evitar la relación con el niño, y desmotivarlo con una forma de proponer una iniciativa, que no resultan atractivas para nadie.

Todas las personas que estamos en lo alternativo, tenemos un deseo real de hacer algo mejor para nuestros hijos. Pero eso no quiere decir que tengamos que acertar en todo. Es como una exigencia de que una cosa tiene que ser perfecta, nos volvemos rígidos en lo que armamos como perfecto sin poder ver lo que no funciona, y así no podremos cambiar a algo mejorar.

Minimizar los síntomas que nos dan los niños, no los va ayudar. Tirar piedras a sus padres, patadas, puñetazos, tirar y romper las cosas de su casa, estar adictos a los juegos tecnológicos, hablar con agresión, autoritarismo, humillar al otro, acosar a otro niño, muchas actitudes violentas entre niños, no tener interés en aprender. De tantas formas gritan los niños diciéndonos que no están a gusto, que algo no va bien.

Todos, de modo inconsciente, estamos más preparados para normalizar la competencia, la violencia, el autoritarismo, porque no hemos tenido una crianza con apego, una crianza maternal de una tribu. Es decir que estamos preparados para equivocarnos con la crianza de nuestros hijos, porque nuestra sociedad nos formó así, no tenemos una sociedad amorosa, sino de competencia y rivalidad. En teoría vamos a querer criar en el amor y la libertad, pero en la práctica tenderemos a repetir lo que aprendimos en la infancia, con la apariencia de que estamos haciendo algo distinto.
Si asumimos esto, dejaremos de tener tanta exigencia de ser perfectos padres, y de sentirnos culpables de las cosas que no acertamos, porque estas fueron construidas generación tras generación.
Será un alivio dejar de sentirlo como algo particular cuando en realidad es algo social, y somos muchos los que podemos compartir estos problemas con transparencia y sin miedos. Porque no es la consecuencia de algo particular, sino social, aunque lo vivamos como algo personal.

Xavier Alá padre homeschooler y uno de los fundadores de ALE, y presidente de la escuela a distancia Clonlara en España durante 10 años, dice que observó todos estos años a muchas familias que hicieron una educación que solo es a demanda del niño,  y vio que no les funcionó, incluso a la suya. Ha aplicado esta metodología con sus tres hijos, y tuvo muchos problemas.

Recuerdo otro caso de un colegio alternativo de la metodología de “no intervención o solo a demanda del niño”, en el que una madre fue acompañante de los niños durante varios años, me dijo que los niños no solo no estaban demandando aprender, sino que ni siquiera estaban teniendo interés de jugar entre ellos.

Como el adulto es alguien que no hace propuestas con energía, va impregnado el ambiente de falta de vitalidad. Esto es muy delicado, porque recordemos que el niño nace pendiente del adulto por supervivencia, de forma innata desea aprende del adulto para saber desenvolverse en la vida, en nuestras sociedades. Por lo tanto una energía que desmotiva al niño en su función vital de aprender del adulto, perjudica su persona. Esto no quiere decir que nosotros no aprendamos del niño, por supuesto que tenemos que tener esta apertura hacia él, para sentir y disfrutar lo que nos aporta.

El gobierno de Gran Bretaña también dice que las metodologías centradas en que el niño autoaprenda, las aplicó 40 años y no les funcinó. Además muchos niños estaban violentos. En Finlandia bajaron la violencia escolar interactuándo más con los niños, teniendo más iniciativas de hablar con ellos, de hacer juegos con ellos y a su vez dentro de esta dinámica identificar la violencia.

En definitiva si alguien tiene la iniciativa de demostrarnos con energía, que tiene ganas de hacer algo con nosotros, esto nos hace sentir que somos importantes para esa persona, hecho que levanta la estima y elimina la violencia. Y si el niño se siente bien tendrá interés en aprender muchas cosas.

Estas metodologías son nuevas y tendremos que ir, mejorándolas.

Si nos privamos de compartir problemas, nos privamos de analizar y encontrar soluciones.

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