¿Acompañar o involucrarse más con los niños?

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¿Qué es ser un acompañante en la metodología de aprendizaje autodirigido por el niño?
Alguien que está al lado mío pero no se involucra en lo que yo hago. Está presente pero con distancia, observando pero sin relacionarse. Alguien que está, pero no está poniendo nada de sí en la relación. Si no hace conmigo lo que a mi me gusta, realmente no está vinculándose conmigo, está fuera de la relación.

Ser principalmente acompañante es una distancia que le imponemos al niño. Ya no somos más mamá, papá, somos “acompañantes”, un rol que no denota la misma cercanía que ser mamá o papá.
Las palabras papá y mamá llevan implícito el afecto de una relación natural. Un acompañante puede ser un desconocido, que no siente nada por el niño, solo está y no implica nada más que eso. Inconscientemente se quita la relación, el vínculo afectivo, como si fuera algo de importancia menor.
Directamente eliminamos de la relación lo que el adulto siente por el niño, y lo que el niño siente por el adulto, al decir simplemente acompañante, no es una mamá que me quiere, que me adora, que me disfruta y por eso tiene la iniciativa de jugar conmigo. Un acompañante puede ser perfectamente un extraño. Así le estamos quitando peso a la relación, lo estamos acompañando como extraños, no como lo que el niño por naturaleza necesita, una mamá que disfruta de tener iniciativas hacia él.
Si somos sinceros, si no tenemos la iniciativa de involucrarnos en una actividad, estamos demostrando desinterés. Si no me interesa lo que hace mi hijo como para involucrarme, puede sentir que no me interesa él.

Si el niño no quiere que lo interrumpamos en algo nos lo dirá, o si está muy concentrado en algo, no lo interrumpiremos, pero nada de esto quiere decir que tengamos que dejar de tener iniciativas hacia él, es decir “no intervenir” en la relación, dejar de relacionarnos esperando qué sea siempre el niño que reclame nuestra acción en su vida. Así el niño se convierte en alguien que tira de nosotros, para que nos involucremos en su vida. “¡¡Mira mamá lo que he hecho, Mira papá, Mira!!”, significa “Entra en mi vida ya no se como decirte que lo hagas, involúcrate en mi vida, yo quiero involucrarme en la tuya ¿Por qué no tienes ganas de meterte en mi vida? Siempre soy yo el que te pide que lo hagas, no surge de ti darme tu vida, si yo no te lo pido”.
Hasta que el niño se repliega en sí mismo y deja de insistir que nos sumerjamos en su vida, pero nosotros creemos que se ha hecho autónomo.

Más que acompañar, hay que involucrarse en la vida del niño y el niño en la nuestra, hasta no hacer más dos mundos distintos.

No se está respetando al niño cuando interpretamos que respetarlo es evitar la relación con él, no tener iniciativas.
Tendríamos que centrarnos más en relacionarnos que en acompañarlo, eso incluye el acompañar, admirar al niño, mirarlo, disfrutarlo. Pero el centro está en relacionarnos.

Hay que involucrarse en la vida del niño y el niño en la nuestra, hasta no hacer más dos mundos distintos.

El mundo del niño, con un adulto distante que se dedica más a observarlo que a implicarse con él. Esto produce distancia en la relación afectiva, y nos confundimos llamándolo respeto, cuando en realidad no estamos respetando su naturaleza de llenarse de nuestra persona. Le quitamos nuestras iniciativas al niño para no perjudicarlo, en lugar de corregir nuestra psicología, a causa de nuestras dificultades vividas en la infancia.

Mientras son bebés en la crianza con apego esto no nos pasa, porque es evidente que tenemos que intervenir con nuestras iniciativas de asearlo, de hablarle, de contarle un cuento sin que nos lo pida. Pero la continuidad de esto se corta, cuando llegamos a la educación del niño.
En la etapa del bebé no decimos que no hay que tener iniciativas, remarcamos que tenemos que revisar nuestra historia psicológica, para no obligar al niño a hacer cosas para la cual no está preparado. Lo cual, no significa que debemos quitar nuestras iniciativas. Porque el niño interviene con nosotros y nosotros intervenimos con él de forma natural. Y si no lo hacemos, no estamos respetando al niño, le estamos quitando el alimento que es nuestra persona para él.
Por eso digo que somos Relación, y tendríamos que cambiar la palabra “acompañante” por “Relación”. Centrarnos en relacionarnos, para nutrirnos uno de los otros.

El acompañante tiende a no relacionarse con el niño, esto produce una profunda herida afectiva. Es mejor relacionarse con dificultades, antes que hacerle vacío afectivo al niño, quitarle el alimento que somos nosotros para él.
Trabajar en corregir nuestra psicología en lugar de evitar la relación, evitar nuestras iniciativas.

Nuestras iniciativas con energía motivadora, atrae y alimenta a un adulto, y también lo hace con un niño. No desnaturalicemos la relación.

El acompañante tiene que acompañar pero no involucrarse. Así un niño aprende a que el adulto no tiene ganas, ni iniciativas para relacionarse con él.
Un juego también se pude proponer sin ponerse directamente a jugar, sin nuestra energía, como deshumanizados, en el sentido de vaciados de nuestra personalidad, supuestamente para que nuestra personalidad no le quite el espacio de expresión al niño.
Y por eso quitamos nuestra personalidad, e iniciativas, y no se la entregamos al niño.

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